Viajes

Cazadores del Atlas

OLYMPUS DIGITAL CAMERALas montañas del Alto Atlas y el Atlas Medio se recortan contra el límpido cielo azul eléctrico, erguidas en la llanura de piedra como si fueran juguetes de algún gigante. El Jebel Ayachi, con sus 3.737 metros, es el guardián del Valle del Ziz, antesala del erial de arena y fuego que es el desierto del Sáhara, aún impensable en la planicie ocre sobre la que se desparrama una cordillera de conos nevados y promontorios sin vegetación. La carretera que lleva hasta Er-Rachidia y más allá, hasta Erfoud, Rissani y las primeras dunas pasa por la pequeña población de Midelt, apenas un alto en el camino para mear para los autocares de turistas que se dirigen al sur. Sin embargo, gracias a la hospitalidad de Abdul he hecho noche en el villorrio y el aire fresco de la mañana me golpea el rostro marcado por la resaca. Abdul aparece al rato con su inevitable turbante de colores y su chaqueta raída para dedicarme una sonrisa franca y cómplice. Demasiada agua de la vida, me dice. Cabeceo en señal de asentimiento y me lleno los pulmones de aire intentando despejar la cabeza del sonido de la percusión.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAl rato un viejo Mercedes atestado de gente nos conduce por una carretera solitaria para dejarnos a Abdul y a mí en mitad de la nada. El sol pugna por calentar nuestros cuerpos mientras el vehículo se pierde en la lejanía y caminamos por la llanura en silencio, con las montañas recortadas en el horizonte y la única compañía de las piedras y los alacranes. Así llegamos a los fantasmales acantilados excavados por el paso de un antiguo río, promontorios agujereados como un queso gruyere por la mano del hombre, cuevas tapiadas que fueron hace un tiempo entradas a minas de plomo, cobre y plata, hoy abandonadas, pero en las que aún hay gente que a falta de algo mejor insiste en trabajarlas a base de fuerza, martillo y cincel. Hombres de rostros oscuros y curtidos y manos tan duras como una maza, hormigas taladrando las entrañas de la tierra en busca del metal que les permitirá sobrevivir un día más para seguir ejerciendo un oficio, el de minero extraoficial, furtivo, ajeno a los peligros de derrumbe y a las extremidades machacadas por una mala puntería. Ojos acostumbrados a la oscuridad que ven brillar los guijarros en la boca del lobo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAMás allá la llanura se llena de bajos promontorios de colores que rompen la monotonía del pardo y al acercarnos descubro otra variante del cazador furtivo de piedras. Toscas construcciones de sacos de arena y plástico se erigen ante estrechos pozos coronados con poleas que se hunden en las profundidades insondables y oscuras de la tierra removida y aprovechada para la construcción de estas efímeras moradas de hombres sucios de polvo y uñas como la noche. Espectros surgidos de la naturaleza hostil y sublime de las novelas de Jack London, estos mineros posmodernos anclados a técnicas y formas tan antiguas como la perforación individual a base de coraje y fuerza, de tenacidad contra la pobreza absoluta, descienden cada día al pozo asidos a una soga que es el único frágil vínculo que les mantiene unidos a la luz del día, a la existencia. Topos humanos dedicados a la extracción de la vanadinita o plomo marrón, ese raro mineral de cristales rojos que sólo surge por oxidación del plomo en climas áridos y secos de algunas zonas de Marruecos o Estados Unidos.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAbdul grita algo en su idioma al borde de uno de los pozos y la polea se pone en marcha para devolver a la superficie terrestre un rostro de facciones afiladas y oscuras en cuyos ojos amarillentos y deslumbrados por la luz no puede leerse nada. Ojos, torso, piernas, brazos y manos fabricados de una pasta especial hecha de sufrimiento, coraje y determinación que enfrentadas a mi endeble cuerpo no pueden causar más que vergüenza de mí mismo y un cierto temor ante mi incapacidad para enfrentarme a la vida con mayúsculas como se enfrenta este hombre-topo cazador de piedras que responde al nombre de Mohamed. Mohamed nos invita a entrar a su hogar, un cubículo donde apenas cabe la esterilla, ropa amontonada de cualquier forma y una cocinilla de gas con algunos cacharros de hojalata renegridos y abollados. En un cazo comienza a hervir agua para preparar el ceremonioso te bereber y el olor del fósforo que OLYMPUS DIGITAL CAMERAenciende la llama del gas llena la sombría y polvorienta estancia donde Abdul y yo estamos sentados con las piernas cruzadas. Mientras Mohamed prepara el te respondo a la hospitalidad liando un porro del hachís que compré en Fez. Nuestro anfitrión enciende una vieja radio que escupe más que emite música bereber distorsionada. El vapor del te y el humo del hachís se unen al polvo que flota como el smog de Londres perforado por los tímidos rayos de sol que se filtran desde el exterior. Mohamed rebusca en un rincón y coloca en medio de nuestro círculo media docena de bolas de papel de periódico que va desenrollando con parsimonia para extraer de ellos pedazos más o menos puros de vanadinita, también de la semipreciosa malaquita, usada antes de los colorantes químicos como pigmento verde.  Al despedirnos compro por cien  dírhams un pequeño fragmento de plomo marrón con sus cristales de color rubí engarzados en impurezas, ignorante de si Mohamed sabe que algunos místicos asocian este mineral con el chakra de la tierra, deshaciendo bloqueos emocionales y equilibrando las energías que facilitan la meditación. Es igual, yo tampoco acabo de creérmelo. Volvemos andando rumbo a la carretera mientras nubes blancas surcan el cielo que ya ha perdido su brillo con el atardecer. El llano tiene el mismo color de la vanadinita. Esperamos infructuosamente el paso de algún vehículo rumbo a Midelt, pero la carretera se mantiene desierta y no nos queda más remedio que caminar por el asfalto sintiéndonos nómadas de algún relato de Cormac McCarthy, con el telón de fondo de las montañas del Atlas oscureciéndose en la lejanía.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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