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Prohibido entrar sin pantalones

maiakovskiLa figura de Vladímir Maiakovski se yergue simbólica sobre las ruinas de dos grandes fracasos del siglo XX: el de la vanguardia y el de la revolución social. El poeta georgiano, que nació en 1893 en un mundo que estaba a punto de resquebrajarse, se afilió muy joven al futurismo como una postura radicalmente revolucionaria, de subversión artística y política. Su fe de redención se depositó en las máquinas y en el inexorable progreso tecnológico que nos rescatarían de nuestra miserable condición humana, igual que el comunismo representaba el inevitable final liberador de la lucha de clases que se libraba en la historia. La búsqueda del amor perfecto, la transformación de la vida en arte, la toma del poder por los desposeídos, todo ello era sinónimo de vivir una vida plena, vital, emocionante, sinónimo de caminar hacia un futuro que se dibujaba con colores dulces en un horizonte al alcance de la mano.

El denominado poeta de la Revolución de Octubre ha sobrevivido hasta nuestros días eclipsado por los prejuicios ideológicos que se derivaron de la creación de unos versos épicos de ardiente y violenta militancia bolchevique, o por su contribución como chekista a la purga de antiguos correligionarios, facetas que forman parte de su trayectoria y que sin embargo no explican la totalidad de un personaje cuya vida se puede leer como la historia de una decepción que describe una de las épocas más convulsas del siglo pasado.

prohibido-entrar-sin-pantalones-9788432215605El escritor jerezano Juan Bonilla nos acerca con Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral, Barcelona, 2013) a la figura de Maiakovski con una novela que, alejada de la hagiografía, nos revela al hombre poliédrico que fue aquel poeta de verso incendiario y ego desmedido capaz de crear una visión lírica y heroica de la realidad que perdurarían en el tiempo, y capaz también de rabietas infantiles y delaciones traidoras. Con una prosa que suena como puñetazos en la mesa, Bonilla desgrana las tres grandes etapas del bardo: una primera de ruptura artística, de vanguardia bronca y ardor y pasión vital; una segunda de consolidación como poeta oficial del comunismo soviético mientras el fragor de la guerra civil alumbra un mañana incierto; y una tercera que corre paralela a la muerte de Lenin y el ascenso al poder de Stalin, una época de inadaptación a los cánones del realismo, de marginación, desengaño y frustración, que finalmente le conducirían al suicidio en abril de 1930.

vladimir-maiakovskiLas palabras de Bonilla se confunden con las de Maiakovski en esta novela hasta el punto que a veces no sabes dónde empiezan y acaban unas o las otras, en un ejercicio de metaliteratura arriesgado que, sin embargo, consigue introducirte en ese microcosmos desmedido y caótico donde vivió el georgiano. El futurismo ruso, la revolución, la guerra y el arte son las vertientes en las que se mueve un personaje cuya vida nos ilumina un bocado de la historia, una historia de esperanzas y anhelos abocada al fracaso. Maiakovski creía en la inmortalidad como un paso más hacía el nuevo amanecer de la humanidad, por eso siempre se negó a doblegarse, a convertirse en alguien corriente, pues el verdadero fracaso era sucumbir a la inercia, dejarse ganar por la repugnante vida cotidiana y rutinaria. Sus broncas y peleas a puñetazos, sus viajes al extranjero y tours poéticos por los territorios de Rusia, su menàge à trois con Lili y Osip Brik, su ascenso y caída como poeta soviético, están narrados en esta novela con la fuerza y la vitalidad de los versos de Maiakovski, que está aquí presente más allá de su personaje. Prohibido entrar sin pantalones no es sólo una novela recomendable, sino un libro absolutamente necesario.

Te voy a arrancar los bigotes, italiano, le decía Maiakovski, y el teatro aplaudía o protestaba, los espectadores pensaban que era otra performance de los futuristas, habían empezado a habituarse a ellas, y ese hábito le quitaba fuerzas a las acciones que los futuristas llevaban a cabo. Marinetti, en francés, le dijo a Maiakovski que un genio como el suyo era lo que el futurismo necesitaba, y Maiakovski, sin entenderlo, en ruso, le gritó que le iba a arrancar los bigotes de todas maneras, por impostor, por mancillar el sagrado nombre del futurismo, por nenaza. Le dijo, pero Marinetti no entendía una palabra, que era un antiguo, que decir que un coche de carreras era más hermoso que la Victoria de Samotracia era imbécil, profundamente imbécil, porque lo único que venía a decir era que una cosa era más bella que otra, cuando lo que había que inventar era otra manera de alcanzar la belleza, extirpar la belleza de las cosas que son bellas pero no para trasplantárselas a las máquinas, sino para aborrecerlas por ser expresión de la clase dominante. Tu coche no es bello, Marinetti, le dijo Maiakovski, sólo expresión de tu riqueza.”

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