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Limónov: Apuntes del subsuelo.

Limónov, el poeta punk

Limónov, el poeta punk

Reconozco que antes de que Emmanuel Carrère publicara la biografía novelada de Eduard Limónov no sabía nada del personaje. Eclipsado por la popularidad del ex ajedrecista Gary Kaspárov al frente de la coalición civil opositora a Putin, su nombre me pasó desapercibido incluso cuando fuerzas especiales del ejército ruso irrumpieron en la cabaña donde se alojaba con algunos miembros de su partido y se lo llevaron detenido. Pasó dos años en la cárcel acusado de terrorismo y conspiración mientras la organización que dirigía, el Partido Nacional Bolchevique, era ilegalizado y perseguido. Mucho menos conocía su faceta anterior como poeta underground y como escritor escandaloso y provocador. Limónov, que nació en la remota aldea ucraniana de Jarkov y que siempre soñó con la gloria y el reconocimiento, ha tenido una vida aventurera y llena de pasiones que han quedado plasmadas en varios libros que siguen su itinerario vital, de Moscú a Nueva York y de allí a París y de nuevo a la capital rusa a principios de los noventa para fundar Limonka, órgano del pequeño partido extremista que lidera. El éxito de la novela de Carrère ha traído como consecuencia el rescate de alguno de los libros de Limónov, en concreto Historia de un servidor, editada por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 1991 y ahora felizmente recuperada de algún polvoriento almacén. Esta fue su segunda obra narrativa después de Soy yo, Édichka, también conocida como El poeta ruso prefiere a los negrazos.

Historia de un servidor

Historia de un servidor

Limónov se halla en Nueva York, estamos en la segunda mitad de la década de los 70, después de haber perdido a la bella y caprichosa Elena, uno de sus grandes amores, y después de haber tocado fondo en todos los sentidos, el ruso, que todavía apenas sabe manejarse con el inglés, es el único blanco alojado en el infecto hotel Embassy, entre toxicómanos y prostitutas, sobreviviendo con la ayuda social y pasando los días escribiendo sobre la hierba de Central Park destilando odio hacia el mundo. Tiene una necesidad imperiosa de ser amado y en la lectura de una poetisa soviética en el Queen´s College conoce a Jenny, a la que confunde al principio con la dueña de una lujosa mansión en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, en Sutton Place, frente al East River. El poeta ruso, que se considera a sí mismo un desecho, un fracasado, un loco hambriento, queda deslumbrado por los jardines bien cuidados, las moquetas impolutas y la riqueza que se respira en aquella casa, en la que sueña con vivir. Visita a Jenny regularmente, incluso después de percatarse de su error y darse cuenta que no es más que el novio de la asistenta, de la torpona, provinciana, cateta, superficial, retrasada mental cubierta de granos y vulgar Jenny (los adjetivos son de Eduard), de la que le “exaspera verla sentada con sus gruesas piernas abiertas de par en par y su coño al aire”. Sin embargo, la dulce y atolondrada Jenny le rescata de su antigua vida como Édichka, de los polvos anónimos homosexuales y de la depravación de su alojamiento con los excluidos de la sociedad, y cuando ésta decide trasladarse a Los Ángeles, Limónov no duda en presentarse como su sustituto y conseguir el trabajo de housekeaper en la mansión del multimillonario Steven Grey, al que apoda Gatsby, aunque su patrono es lo contrario del personaje de Fitzgerald, pues Steven Grey es un heredero, seguro de su lugar en el mundo, resuelto, enérgico, vividor. Posee una casa solariega en Connecticut donde viven su mujer y sus tres hijos, así que la casa de Nueva York es su vivienda secundaria, a la que acude muy de vez en cuando. Steven no es mal tipo, si acaso un poco impaciente, capaz de cóleras por una nimiedad de las que suele disculparse enseguida, preocupado por aparentar ser un jefe liberal, un amigo de artistas que se jacta de haber perdido un millón de dolares produciendo una película de vanguardia. También es bastante esnob, así que está encantado de tener en su casa a un auténtico poeta ruso que puede presentar a sus amigos.

Limónov detenido en una protesta en Moscú en 2008.

Limónov detenido en una protesta en Moscú en 2008.

Cuando Steven no está en la ciudad, Limónov es el amo y señor de la mansión. Mientras lucha por publicar un libro que es rechazado una y otra vez por pornográfico y desmedido, fuma porros en la bañera, se bebe el Chateau Margaux de su amo, toma el sol en el solarium y lleva a casa a todas las chicas que puede para follárselas delante del espejo veneciano de la cama king size del dormitorio principal. Todos los días piensa en la muerte y hace cálculos, es ambicioso, antes de que su cuerpo se convierta en una ruina quiere alcanzar la gloria, hacer la revolución, follar con mujeres hermosas y fundar un partido, un Estado o una religión, morir a lo grande aunque sea de un balazo en la frente por una causa que le es ajena, con la condición de que al día siguiente el New York Times publique su foto en portada con un obituario glorioso. A veces se considera un aventurero, un explorador o, en momentos de nihilismo individualista, una fiera salvaje que caza sola. “He aprendido a contener el fuego que arde dentro de mí.”, escribe, “¿Criado? ¿Escritor? !Un bandido! Os aseguro que ése es mi verdadero oficio”.

El Eduard Limónov de Historia de un servidor es un cruce asiático entre Fante y Bukowski, con la rabia subversiva del protagonista de los Apuntes del subsuelo de Dostoyevski, un personaje excesivo que, mientras sueña con la fama y la gloria que le reportarán su reconocimiento como escritor, interpreta el papel de sirviente fiel y diligente, aunque a veces se ponga a fantasear con empuñar un AK47 y provocar una matanza. La mayoría de sus anhelos de popularidad se cumplirán, más por las virtudes de otros, como Carrère, que por las suyas propias, aunque no podemos negarle al ruso la voluntad de trascender.

Eduard Limónov en su época de chetnik disparando contra Sarajevo. Se puede ver desde youtube.

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