Libros/Viajes

Siddharta y aquellos trenes llenos de muertos

Tren a Pakistán

Tren a Pakistán

El pequeño Tata levanta nubes de polvo bajo las ruedas, pero nada comparado con los impresionantes huracanes que crean los vehículos militares atestados que nos adelantan y los abigarrados y coloridos camiones que hacen sonar su claxon emitiendo musiquitas de feria que se clavan en los oídos como cuchillas de afeitar. El polvo crea una película blanquecina en el horizonte desértico calcinado bajo un sol de justicia; las vacas, los camellos y las mujeres vestidas con sucios saris multicolores transportando hatillos de leña sobre las cabezas son las únicas muestras de vida en la planicie que nos acerca al temible desierto del Thar, formado por onduladas colinas de arena gris y en cuya zona más inhóspita India hizo detonar su primera bomba atómica en 1974. El Thar es lo que nos separa de Pakistán y, por tanto, es una zona militarizada y armada hasta los dientes. Sólo Cachemira, territorio históricamente en litigio, supera al gran desierto indio en mal rollo. Trato de leer Siddharta, de Herman Hesse, pero tanto misticismo se me atraganta ante la visión de soldados y pertrechos; los occidentales, que somos unos snobs con una visión ciertamente idealizada del gran subcontinente indio, vemos lo que queremos ver, los prejuicios nos envenenan el alma de dioses, de espiritualidad, de lentitud y éxtasis, de vacas sagradas y santones del yoga. Es entonces cuando recuerdo a aquel joven Ryszard Kapucinski que, durante su estancia en el país, confesó que no entendió nada, a pesar de que él contaba con la ayuda de los diarios de Heródoto y yo apenas con mi mermada suspicacia. El legendario reportero polaco afirmó en una entrevista que el sentido de la vida es cruzar fronteras, una frase tan bella como la asunción de su perplejidad e inhaprensión de la realidad que le rodeaba. Pienso que en estos tiempos de viajes low cost, de turismo de masas, las fronteras ya no son el antiguo limes que protegía la civilización de los bárbaros, sino ciertas fronteras interiores. Por ejemplo, las que separan a los pobres de los ricos.

Jaisalmer

Jaisalmer

Miro por la ventanilla a hombres solitarios sentados en cuclillas al borde de la carretera, rodeados de polvo como si tuvieran un áurea divina y con la mirada perdida en un punto infinito esperando vete a saber qué. Un sol inclemente baña de luz sucia el páramo, todo es extraño en el camino hacia Jaisalmer, el bastión del norte, que se eleva en el erial como un castillo de arena en la orilla de una playa. La ciudad parece al principio una alucinación provocada por la luz difusa o por el charas indio que llevo fumando durante todo el viaje, pero no es así, la ciudad dorada con sus noventa y nueve almenas se erige sobre la imponente colina de Trikuta como antiguamente debieron verse las ciudades, majestuosas y solemnes, y Jaisalmer, que languideció como ruta comercial con la aparición de Pakistán, vuelve a ser hoy en día la guardiana del desierto del Thar y una base estratégica para el ejército indio. No sé si la evolución ha sido a mejor, pero era inevitable que su cercanía con el vecino del norte la iba a poner en el mapa de la historia como Khushwant Singh puso a Mano Majra, aquel pueblecito anodino donde nunca había pasado nada y que convirtió en metáfora de la victoria de lo irracional y de los muertos que costó la división entre musulmanes e hindúes. Ghandi siempre se opuso al plan de partición del país y, pese a que a regañadientes le convencieron de que no había otra forma de evitar la guerra civil, no deja de ser curioso que al final muriera a manos de nacionalistas hindúes. El odio, siempre tan sutil, ya se había desatado como una plaga bíblica. En Bengala Oriental los musulmanes masacraron a cientos de hindúes, en Bihar, fueron los hindúes los que mataron, violaron y quemaron a los musulmanes. En el terrible verano de 1947 más de diez millones de personas se echaron a la carretera huyendo del vecino, el monzón de aquel año está todavía marcado en la memoria de mucha gente como un castigo de los dioses. En Mano Majra los trenes dejaron de pasar con su arrullante y conocido ruido metálico, la nueva frontera se convirtió en un infierno, en el Punjab, grupos de melenudos sijs esperaban con impaciencia en las estaciones la llegada de los trenes cargados de musulmanes mientras afilaban sus kirpanes.

El desierto del Thar

El desierto del Thar

Mirando desde las murallas de Jaisalmer el gran desierto se extiende entre dunas y maleza. Hay que ser muy insensible para no encontrar poético y misterioso este espacio yermo donde las ráfagas de viento se convierten en remolinos juguetones desplazándose bajo el ocaso por el arenal. En alguna parte de allí India experimenta con su capacidad nuclear. Lejos de miradas indiscretas, pero bien cerca del enemigo, para que no haya confusiones. Al menos esta tierra poco poblada no es un polvorín de desafectos como Cachemira y, sino fuera por la presencia constante de uniformados, la belleza de cuento de la ciudad y los autocares de turistas podrían hacernos olvidar que nos hallamos cerca de aquella frontera trazada hace poco más de cincuenta años como la constatación de un fracaso del entendimiento. Leo a Hesse: “En ese momento dejó Siddharta de luchar contra su destino, en ese momento dejó de sufrir”.

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