Viajes

Miedo y asco en Marrakech

P1050985Abdul tiene la barba rala y el rostro curtido del sol africano, me dice que es electricista pero cuando le conozco deambula por Djeema el Fna en busca de clientes. Me invita a su casa a fumar un poco de hachís, le sigo por las calles rojas ardiendo bajo el sol inclemente de agosto, separados un par de metros para evitar que nos paren los secretas como con Mohamed a la salida de la madraza Bou Inania de Fez. Un marroquí acompañando a un extranjero es siempre sospechoso para la policía del reino. Nos adentramos por las callejuelas calcinadas del Mellah, el antiguo barrio judío hoy poblado mayoritariamente por musulmanes no muy pudientes. Abdul vive con su mujer, sus cuatro hijas y su hermano Rafá en un destartalado piso cuyas ventanas dan a una estrecho callejón y a lo que a primera vista parece un vertedero de basuras. Me presenta a su familia, las mujeres de la casa inmediatamente se escabullen y tomo posición en uno de los cojines que pueblan la habitación principal, donde Rafá, con gesto torvo y cansado, está viendo las últimas noticias sobre la operación punitiva que está llevando a cabo Israel en el verano de 2006 sobre las bases de Hezbolá en el sur del Líbano. Miro un rato las imágenes de bombardeos, cuerpos ensangrentados y ruinas, el jeque Nasrallah, líder de la milicia chií, sale prometiendo venganza por las últimas acciones del ejército israelí. Rafá me pregunta qué pienso de eso. Le contesto prudentemente que no conozco mucho el asunto y que, en cualquier caso, me pongo siempre de parte de los hermanos musulmanes. Abdul acude en mi ayuda con tres vasos de té ardiendo y una china melosa. Comienzan las cansadas y repetitivas bromas sobre el “güisqui marroquí” mientras sorbemos haciendo el máximo ruido posible. Al rato estamos los tres nadando entre algodones en la sombreada estancia, mientras en la calle las temperaturas sobrepasan los cuarenta grados. El té nos calienta la barriga y el hachís nos inflama el alma. Abdul me dice que ellos son bereberes y que aquí nunca ha habido problemas con los judíos. De hecho, hoy en día, en el Mellah aún quedan unos doscientos cincuenta y algunas pequeñas sinagogas en activo, en un barrio que fue fundado en el siglo XVI para dar cabida a todos aquellos judíos de la ciudad que, por sus oficios contrarios a las creencias islámicas, no les estaba permitido residir en el interior de la Medina. En cualquier caso se muestran contrarios a la política de Israel y, por lo tanto, favorables a Hezbolá. En aquel momento aún no se han ahondado las diferencias sectarias entre sunitas y chiitas como en los últimos tiempos y la presencia del estado hebreo les une aún como compañeros de armas. Todavía está lejos la primavera árabe.

P1050964Hablamos y vemos la tele, que sigue escupiendo cosas en un idioma que no comprendo, lo único que entiendo son los cuerpos mutilados y la metralla. Nos ponemos de acuerdo sobre nuestro pequeño intercambio, pago más de lo que vale, lo sé, pero soy un extranjero recién llegado a la ciudad. El humo denso flota en el salón como la niebla del Támesis en otoño. Es más de mediodía y aunque las calles son un horno abocado al mismísimo infierno, decido aventurarme al exterior. Me despido de la familia de Abdul, su mujer y las niñas han aparecido como de la nada para desearme buena suerte y prometerme un cuscús cuando vuelva a la ciudad dentro de unos días. Salgo a la calle, el calor me abofetea el rostro, inexplicablemente los callejones del Mellah bullen de vida bajo la luz incandescente del sol. Doblo dos esquinas y de repente caigo en la cuenta que no sé dónde estoy y que no tengo ni idea de cómo volver a la Medina, el hachís se convierte en un corazón que late acelerando mis pulsaciones, sudo, tengo la boca seca. Decido seguir a la gente y, de repente, me encuentro en un mercado cubierto donde las voces guturales reverberan en los cañizos golpeando mi cabeza como un sonido de taladro. Un tipo alto que destaca entre la multitud me mira sin disimulo, camino a ciegas sorteando a la gente, cambiando de dirección sin ton ni son en un absurdo intento por encontrar un punto de referencia. El tipo alto me sigue sin dejar de mirarme. La camisa me chorrea de sudor. Me mezclo entre un grupo de mujeres que vocifera ante un puesto del mercado, intento pensar, busco con la mirada al tipo alto y lo encuentro observándome desde la distancia. Acelero el paso y camino rápido sin mirar siquiera por dónde voy, fijándome por el rabillo del ojo en mi perseguidor, al que trato de dar esquinazo por las callejas polvorientas. De repente, como por un milagro, desemboco en una rotonda abierta y diviso las murallas rojas de la Medina. Miro atrás, ni rastro del tipo alto. Pongo paso firme hacia la ciudad vieja, volviéndome de vez en cuando para asegurarme que nadie me sigue, comienzo a pensar que todo ha sido una alucinación, un delirio provocado por el calor, el polvo rojo y el hachís de Abdul. Me interno por las estrechas arterias que forman la Medina de Marrakech, buscando la sombra como un náufrago. Mañana parto de la ciudad, he comprado un billete de autobús para viajar más al sur.

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