Libros/Viajes

A pie por Afganistán

Stewart y el perro Babur

Stewart y el perro Babur

Seis semanas después de que el mulá Omar y los suyos se vieran obligados a huir a las montañas de Tora Bora, el escocés Rory Stewart se aventuró en un viaje inquietante y desequilibrado. Siguiendo la ruta que el emperador mogol Babur realizó a principios del siglo XVI en su camino a la conquista de Delhi, este exmilitar y exdiplomático británico se presentó en la Herat postalibán dispuesto a realizar a pie la ruta central que une la capital tayika con Kabul, donde el nuevo gobierno surgido de las cenizas de los Estudiantes apenas llevaba en el mando quince días. Hay nieve, hay lobos, hay una guerra, le matarán, es el dictamen que encontró en todas partes. Su incapacidad para encontrar una respuesta a los motivos que le llevaban a intentar semejante viaje tampoco le ayudaban a parecer una persona muy cuerda. El país había estado en guerra durante veinticinco años, no había electricidad, ni televisión, ni teléfonos móviles ni tiendas de comestibles. En los pueblos reinaba una mezcla de costumbres medievales e ideologías políticas del siglo XXI; en muchas casas la única pieza de tecnología foránea era un kalashnikov, y la única marca global era el Islam. Tampoco invierno, con sus pasos de montaña nevados y sus ventiscas, parecía el mejor momento para ponerse en marcha, pero Stewart, siguiendo las huellas de aquel mítico primer gobernante mogol de la India, y en contra de todos los consejos, salió finalmente caminando de Herat en enero de 2002.

Como un personaje de Kipling, durante treinta y seis días, recorriendo más de seiscientos kilómetros, Stewart atravesó paisajes helados y sublimes donde, en medio de la pobreza y el analfabetismo, distintos señores de la guerra controlaban el territorio como verdaderos señores feudales. Le tiraron piedras, le dispararon, contrajo la disentería y estuvo a punto de perecer enterrado en la nieve o en una aparatosa caída encaramándose al minarete de Jam, último vestigio que ha sobrevivido de la Montaña Turquesa, baluarte de la legendaria civilización ghorida. Por si no lo tenía suficientemente complicado a medio camino decidió hacerse cargo de un viejo perro mastín, repudiado como impuro por los musulmanes, apaleado y sin dientes, al que llevó consigo hasta Kabul y al que puso de nombre, ¿cómo no?, Babur. En una región donde las alianzas tribales son frágiles y cambiantes, ayudado por una hospitalidad severa y arcaica, Stewart tuvo la suerte de encontrar siempre un fuego donde calentarse y un mendrugo de pan negro que llevarse a la boca.

¿Por qué te convertiste en muyahid?- le pregunta Stewart a Seyyed Umar, uno de sus anfitriones.

Porque el gobierno ruso obligó a mis mujeres a dejar de llevar pañuelo en la cabeza y me confiscaron los burros- le contesta éste.

¿Y por qué luchaste contra los talibanes?.

Porque obligaron a mis mujeres a llevar burkas y no pañuelos en la cabeza, y me robaron los burros.

La huella de Babur

La huella de Babur

 Así es la abrumadora lógica en Afganistán. Stewart irá descubriendo a su paso un mundo cerrado en sí mismo, marcado por las innumerables cicatrices de años y años de guerras civiles, un lugar periférico y atrasado convertido de repente en centro de atención a causa de los intereses geoestratégicos derivados de las nuevas políticas globales y de aquello que se denominó lucha contra el terrorismo. El escocés intentará convertirse en un observador de la realidad que le rodea, en un curioso viajero suspicaz empeñado en deshacerse de los prejuicios de su condición de occidental bien alimentado. ¿Pero, lo consiguió?. Para saberlo hay que leer La huella de Babur (Alcalá Editorial, 2008) el libro que Rory Stewart escribió para explicarlo; a su favor tiene que el texto posee la virtud de la honestidad, algo que se hecha en falta en muchos libros de este tipo. Aunque nunca pierde de vista la ironía y el humor, su estilo es directo, casi tan frío como los parajes invernales de Afganistán central. La misma honestidad es la que ha llevado a este antiguo vicegobernador británico de la provincia iraquí de Amara a afirmar que prefería el viejo colonialismo kipliniano, el de aquellos funcionarios que conocían a la perfección la tierra que pisaban, a este colonialismo de nuevo cuño basado en personas que están un año o dos en un país que nunca llegan a entender y con el que nunca tienen contacto real. La ocupación es un arte que se aprende con la experiencia.

11bissell.1.650

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s