Viajes

Ciego de marihuana en la ciudad sagrada de Puskhar

29A_0221Los fuegos artificiales que dan comienzo al diwali parecen imitar cuadros de Pollock salpicando el cielo negro de retazos expresionistas multicolores. Las aguas quietas y negras del lago sagrado de Puskhar, surgido de la voluntad de Brahma, el dios creador del universo, reflejan el cielo incendiado sobre nuestras cabezas. Es el inicio del Festival de las Luces, marcado en el calendario indio como una de sus celebraciones más importantes, el momento de la renovación, de la limpieza, de la reconciliación con los enemigos. Hindúes, sijs y jainistas celebran el diwali por motivos diferentes, aunque todos se unen en el jolgorio final, sin tener en cuenta si celebran la muerte de un diablo y la liberación de dieciséis mil doncellas prisioneras o el fallecimiento de un santo. También nosotros, esta noche, occidentales ateos y más bien un poco cínicos, nos unimos de buena gana a la algarabía, y pocos sitios hay más extraños que Puskhar para correrse una buena juerga.

La pequeña ciudad santa de centenares de templos y cúpulas donde es imposible comer carne, meca de los viajeros más sucios que recorren el mundo, punto señalado en el mapa del hippismo internacional, es un insólito lugar donde conviven modernidad y tradición, turismo y espiritualidad. En sus calles polvorientas y sin asfaltar, ocupando hasta el último centímetro de suelo, un ejército de desharrapados duerme al raso todas las noches. No se trata esta vez de familias enteras condenadas a la pobreza extrema de las ciudades, sino de la voluntad de sadhus, nagas, ascetas y santones de todo tipo, que en su camino de penitencia y austeridad viven dedicados a la peregrinación errante y a la renuncia a todo lo material. Las carreteras que llevan a Puskhar están llenas de ellos: hombres delgados vestidos tan solo con una túnica color azafrán y un atillo al hombro o semidesnudos, cubiertos de ceniza, muchos descalzos, atraídos hasta aquí por uno de los pocos templos de Brahma que existen en el mundo y por el bhang, la famosa marihuana local.

Pero en la noche de Pushkar, mientras caminas observado por centenares de ojos santos que27A_0223 se refugian en la oscuridad, también es posible escuchar de repente los golpes secos y rítmicos del techno que se cocina en, pongamos por caso, Detroit. Sadar Bazaar Road, la calle principal de la ciudad, con sus neones desgastados y su ambiente festivo, es el lugar ideal para comenzar a celebrar el diwali. Nos sentamos en una terraza decididos a probar una de las especialidades del lugar, a falta de alcohol o proteínas cárnicas, el lassi bhang o yogur de marihuana, va a suplir esta carencia. Un viejo barbudo de ojos rojos prepara el combinado en la terraza a la vista de todos, en una cubeta de madera, sirviéndose de un cedazo de tela sucia y desgastada, mezcla los ingredientes a gusto del consumidor hasta conseguir una pasta verdosa y cuajada. ¿Light, Medium or Strong?, nos pregunta el camarero, que no pierde detalle de lo que se mueve en la calle, ya sea una moto que pasa a toda velocidad levantando nubes de polvo y sorteando de milagro a la gente, o la presencia de un tipo con pinta de estar allí desde los años sesenta. Prudentemente optamos por la variedad más floja. Nos los sirven en unos vasos anchos de dudosa limpieza. Los probamos. Están muy ricos. Ahora sí: happy diwali.

Brindamos con nuestros yogures como si fueran la pócima de Panoramix; las luces, encendidas por doquier iluminando las casas recién pintadas, parpadean creando una atmósfera de misterio que se diluye en nuestras pupilas apenas dilatadas. El príncipe Rama, en otra creencia asociada a esta festividad de la luz, logró encontrar el camino a casa tras su victoria sobre Ravana, el majestuoso y cruel rey de los demonios, gracias a las lámparas que le guiaron hasta Ayodhya, una de las siete ciudades sagradas del hinduismo y hoy epicentro del radicalismo religioso hindú. También nosotros nos proponemos seguir aquellas luces que nos conducen de nuevo a los gaths o escaleras que bajan hacia las oscuras aguas del lago, donde, como en un espejo negro, sigue reflejándose la ciudad en fiestas y las intermitentes detonaciones que surcan el cielo. Sentimos el cuerpo pesado y a la vez ligero, nos sentamos en los gaths, la superficie del agua se ondula formado irrisadas olas que lamen nuestros pies sucios. La noche se hace profunda y se abisma en el fondo de nuestras pupilas, donde refulgen luces que no sabríamos explicar.

   OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s