Libros/Música

Una de las historias más grandes jamás contada

PORTADA-MEZZROW-imagenEn la nochevieja de 1932 Louis Armstrong actuaba en Baltimore, aquella noche sus labios estaban tan inflamados que cuando atacó Them There  Eyes su trompeta no sonaba tanto a música como al terrible y salvaje aullido de los perdidos y los condenados, o, al menos, así lo describe Mezz Mezzrow, que estuvo presente. Cuando acabó el tema y la sala estalló en aplausos, Louis se quedó allí, jadeante, lamiéndose la sangre que le brotaba del labio mutilado, sonriendo e inclinándose para saludar mientras la camisa sudada se le manchaba de rojo.

El jazz, la música de los negros americanos que nació en Nueva Orleans hacia finales del siglo XIX, aún era definida en 1924 por un periodista del The New York Times como “la música de los salvajes”, el sonido de los antros peligrosos y los bares donde los afroamericanos sudaban, bebían y bailaban para olvidar la vida de pobreza y discriminación a la que se hallaban sometidos. Pocos blanquitos se atrevían a entrar allí donde sonaba jazz, las leyes de Jim Crow, perpetuadas hasta 1965, establecían la segregación racial en todos los lugares públicos de Estados Unidos.

La progresiva emigración negra hacia las ciudades del norte y el cierre en 1917 del legendario barrio rojo de Storyville en Nueva Orleans, llevó el lenguaje del jazz hacia otras latitudes, pero fue en Chicago, con su animada vida nocturna, donde arraigó primero. Por supuesto no entró por los conservatorios. Mezzrow, un judío de Chicago más blanco que la leche, lo escuchó y lo aprendió por primera vez en “La Escuela”, el reformatorio dePontiac, donde había ido a parar a causa de un enorme y resplandeciente Studebaker. Fue allí, tendido en un jergón repleto de chinches, escuchando una y otra vez la melodía narcotizada de algún chico de color que no había podido evitar ponerse a cantar, donde decidió que consagraría su vida a aquella raza y a la música que les era propia. Porque Mezzrow, según cuenta Bernard Wolfe en Really the Blues, llegó a pensar que era negro, “se había reducido a pulpa para emerger justo como lo contrario de su herencia original”. Cuando en 1941 volvió a dar por enésima vez con sus huesos en chirona, esta vez en la prisión de la isla de Rilke, le ingresaron directamente en el barracón de los negros.

El hot jazz, primigenio y tradicional, se desplazó como una mancha de aceite a través de los antros, burdeles y tugurios donde se servía alcohol, salpicando en su trayecto hacia Nueva York a los hipsters, que se ponían ciegos de marihuana para irse luego a escuchar a Armstrong o a Bessie Smith, o a Sydney Bechet. Mezzrow, instalado durante la década de los 30 en el corazón de Harlem, en la Esquina, en el cruce de la 131 con la Séptima, “la encrucijada del universo” como él la llamaba, el punto de encuentro de la orden fraternal de los hipsters, le daba al clarinete cuando se lo permitía su profesión de proveedor de la mejor yerba del barrio o su carácter disoluto, o cuando no se encontraba colgado con el opio.

mezzA pesar de todo, él siempre estuvo allí, donde sonaba “la mejor música del mundo”, donde hubiéramos querido estar todos. Porque Milton Mezzrow, además del mejor dealer de Harlem, fue uno de los fundadores de la Escuela de Chicago y amigo personal de todos los grandes del género cuando el jazz era además de la mejor, la música más peligrosa del mundo. Cuando el periodista Bernard Wolfe le encontró en un club de jazz de Greenwich Village en algún momento de 1942, en seguida se dio cuenta que la historia de su reencarnación bien merecía un libro. En 1946 apareció Really the Blues, la autobiografía escrita a cuatro manos de Mezzrow, mientras en la misma época, un grupo de blanquitos reunidos alrededor de la Universidad de Columbia interesados por el rollo hip estaban a punto de entrar en la historia de la cultura. Y este libro iba a ser su Biblia.

Para Mezzrow, que era un purista, el verdadero jazz murió en Nueva York en los años 40 de la mano del swing, toda una traición al sonido original de la ciudad del delta del Misisipi. Tipos como Charlie Parker, Miles Davis o Dizzy Guillespie, que reaccionaron también contra el entertainer que significaban las grandes bandas de swing, se convirtieron en los profetas de una nueva generación de hipsters cuyo libro de cabecera iba a ser En el camino, de Jack Kerouac. Serían éstos los que erróneamente pasarían a la historia como pioneros de un estilo y una estética que Really the blues ya había inaugurado casi una década antes. Como afirma su traductor al español Javier Lucini, el texto es puro jazz, no está escrito en versos, pero como si lo estuviera. Y su banda sonora es más que grandiosa. Leerlo produce los mismos escalofríos que si estuviéramos una noche de 1941 escuchando a cualquiera de los grandes en el Milton’s Playhouse de Nueva York.

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